El café que Marcus había elegido resultó ser uno de esos establecimientos anónimos cerca de Atocha, el tipo de lugar donde nadie recordaba caras y las conversaciones se perdían entre el murmullo constante de viajeros y el silbido de la máquina de espresso. Valeria llegó diez minutos tarde deliberadamente, pero Marcus ya estaba allí, ocupando una mesa en la esquina más alejada de la entrada, con la espalda contra la pared y los ojos escaneando constantemente el local.
La transformación era brutal