El Grand Palais explotó en caos.
No fue el tipo de caos que llegaba gradualmente, con susurros crecientes y movimientos inquietos. Fue instantáneo, absoluto, como si alguien hubiera cortado el cable que mantenía la realidad funcionando correctamente. Un segundo, la pasarela brillaba bajo las luces diseñadas para convertir tela en arte. Al siguiente, Alessandra Ricci estaba parada en el centro exacto de ese escenario cuidadosamente construido, un micrófono en la mano y una sonrisa en los labios q