El disparo resonó en el desierto como el último latido del mundo.
Valeria cerró los ojos por instinto, su cuerpo tensándose para recibir el impacto que sabía inevitable. El tiempo se detuvo en ese espacio infinitesimal entre la detonación y la llegada de la bala, un segundo eterno donde cada pensamiento se cristalizó con claridad brutal: Lorenzo preguntando dónde estaba mamá, los gemelos balbuceando sus primeras palabras, Sofía durmiendo en su incubadora, Enzo despertando en un hospital sin ella