La quietud del pasillo hospitalario se rompió con el zumbido insistente del teléfono de Valeria. Lo sacó del bolsillo con manos que ya temblaban antes de ver el nombre en la pantalla. Número desconocido. Pero ella sabía. Siempre sabía.
—¿Vincenzo? —Su voz sonó más firme de lo que se sentía.
—Valeria. —La voz al otro lado era suave, casi amable, lo que la hacía infinitamente más aterradora—. Espero que hayas disfrutado tu pequeña victoria con Isabella. Fue conmovedor, realmente. El amor triunfand