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El video se reproducía por tercera vez en la pantalla del laptop, y Valeria seguía sin poder procesar completamente lo que estaba viendo. Giuliana Costa —la mujer que había intentado destruir sus vidas en múltiples ocasiones— yacía en una cama de hospital, conectada a monitores que pitaban con regularidad monótona, su rostro demacrado y pálido contrastando brutalmente con la elegancia feroz que siempre había caracterizado su presencia.

Pero no era su apariencia lo que helaba la sangre de Valeria
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