La luz del sábado se filtraba a través de las ventanas blindadas de la casa con esa claridad engañosa que solo las mañanas de septiembre sabían ofrecer a Madrid. Valeria observaba desde el segundo piso cómo dos agentes del CNI recorrían el perímetro del jardín por tercera vez en una hora, sus movimientos precisos y coordinados transformando lo que alguna vez había sido su hogar en algo que se parecía más a una instalación militar que a un espacio familiar.
Eran las nueve y media de la mañana. Tr