El grito de Valeria cortó el silencio del amanecer como un cuchillo atravesando seda.
Enzo despertó con el corazón martilleando contra sus costillas, sus músculos tensándose con esa respuesta instintiva que años de amenazas le habían grabado en el ADN. Se incorporó en la cama, buscando inmediatamente la presencia de su esposa en la penumbra del dormitorio. La encontró sentada contra el cabecero, el teléfono temblando entre sus dedos mientras la luz azulada de la pantalla bañaba su rostro con una