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La oficina de la directora Martínez olía a papel viejo y desinfectante de limón, una combinación que normalmente habría resultado reconfortante pero que ahora se sentía sofocante. Valeria observó a Lorenzo desde el umbral, su hijo sentado en una de las sillas de plástico duro con la espalda rígida y los puños apretados sobre sus muslos. El labio inferior estaba hinchado, un corte pequeño pero visible en la comisura que había dejado una mancha de sangre seca en su camisa blanca del uniforme.

Enzo
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