El domingo amaneció con una luz plomiza que se filtraba a través de las ventanas sucias del hotel donde Enzo había decidido refugiarse los últimos tres días. No era el tipo de establecimiento al que estaba acostumbrado —habitaciones pequeñas con papel pintado descolorido y el aroma persistente de desinfectante barato—, pero cumplía su propósito: nadie lo conocía allí, nadie le hacía preguntas, y el minibar estaba siempre lleno.
La botella de whisky sobre la mesilla de noche estaba vacía desde la