Las treinta y dos semanas de embarazo se sentían como un hito monumental en el cuerpo de Valeria. Cada mañana se despertaba más consciente del peso que llevaba, de cómo Lorenzo había crecido hasta ocupar casi todo el espacio disponible en su interior. Sus movimientos se habían vuelto más deliberados, más poderosos, como si estuviera ensayando para su gran debut en el mundo.
Se encontraba frente al espejo del dormitorio, ajustando el vestido premamá color verde salvia que Carmen le había traído l