El rugido del océano era una presencia física, un trueno constante que hacía vibrar las planchas de acero del Sector Nadir. La cúpula de cristal, antes un símbolo de la omnipotencia de los Sinclair, ahora gemía bajo el peso de seis mil metros de agua. Las grietas se extendían como telarañas luminosas a través de las paredes transparentes, y el sensor en el pecho de Beatrice Sinclair, cuya mente se desvanecía en una negrura química, emitía un pitido lento y agónico que marcaba la cuenta atrás pa