El búnker de los viñedos Moore vibraba con la tensión de un polvorín a punto de estallar. James Ford, con su rostro desfigurado contraído en una mueca de triunfo amargo, sostenía la pistola con mano temblorosa, apuntando directamente al pecho de Leonard. No sabía que, bajo la superficie de esos ojos plateados que él creía vacíos de recuerdos, el Diablo Sinclair acababa de despertar.
La cicatriz en el hombro de Katie había sido el interruptor. Leonard recordaba ahora cada detalle: el sabor de la