Las paredes de la sala de interrogatorios de El Nido del Águila eran de un blanco tan puro que resultaba violento. No había esquinas, solo curvas suaves diseñadas para desorientar los sentidos. Leonard estaba sujeto a una silla de contención magnética que mantenía su columna vertebral en una rigidez artificial, mientras que Katie permanecía en una camilla frente a él, con los ojos vidriosos y las pupilas dilatadas por el suero violeta que corría por sus venas.
Beatrice Sinclair observaba desde