El eco del cierre hidráulico de la habitación del pánico aún vibraba en las paredes del laboratorio cuando la mansión Sinclair fue sacudida por una explosión sorda que no venía de los cimientos, sino del techo. Leonard, con el rostro endurecido por una frialdad que no era humana, ni siquiera parpadeó ante el temblor. Malcom irrumpió en la estancia, con el uniforme táctico cubierto de polvo y los ojos fijos en los monitores de seguridad que empezaban a mostrar estática.
—Señor, no es Silas —dijo