El amanecer sobre la ciudad no trajo claridad, sino un resplandor cobrizo que se filtraba a través del humo y el polvo que aún flotaban tras el asedio al ático. El aire vibraba con una electricidad estática, presagio de la tormenta definitiva. Leonard Sinclair —o el hombre que ahora sabía que compartía la sangre maldita de los Ford— se ajustó el abrigo largo de fibra de carbono. Sus piernas, aquellas que el mundo aún creía inertes, respondían con una precisión sobrehumana gracias a la adrenalin