El llanto del recién nacido era un sonido punzante que cortaba el estruendo de los disparos y el siseo de las alarmas de incendio. En el centro de mando del ático, rodeados por el humo de la puerta recién volada, Leonard sostenía al bebé contra su pecho. Sus manos, antes gélidas y calculadoras, temblaban bajo el peso de la vida que acababa de recibir. Katie, pálida y exhausta, estiraba los brazos desde el suelo, buscando a su hijo con una urgencia que solo una madre conoce.
Malcom y la Unidad S