La Clínica San Lucas era un laberinto de cristal y silencio sepulcral durante la madrugada. Las luces del pasillo de neurología se habían atenuado, dejando solo el brillo azul de los monitores médicos. En la habitación 402, Leonard Sinclair permanecía despierto, con la mirada clavada en sus propios pies. Bajo la sábana, sus dedos se movieron con una agilidad que desafiaba cualquier diagnóstico previo. El dolor en su columna, donde la bala de Ford había dejado su marca, era un recordatorio const