La lluvia golpeaba con una cadencia metálica contra los ventanales del restaurante L'Abîme, un santuario de cristal y acero suspendido sobre el acantilado más alto de la ciudad. El lugar estaba vacío, reservado íntegramente para una cena que olía a traición y a finales definitivos. Katie Moore esperaba sentada a la mesa principal, vestida con un traje de seda color ceniza que la hacía parecer una aparición etérea entre las sombras. Sus manos, ocultas bajo el mantel, temblaban levemente, pero no