El pasillo del ala de urgencias del Hospital General de la Ciudad se sentía como un túnel interminable de luces fluorescentes y sombras alargadas. El silencio solo era interrumpido por el chirrido de las camillas y el eco de los pasos apresurados del personal médico. Katie caminaba de un lado a otro frente a las puertas de doble hoja del pabellón quirúrgico, con el vestido de seda aún manchado con la sangre de Leonard. Cada vez que cerraba los ojos, revivía el momento exacto en que la bala de J