La penumbra de la habitación de Katie era solo rota por el suave pitido de los monitores médicos. Leonard permanecía inmóvil al borde de la cama, observando el rostro pálido de la mujer que, en apenas unas semanas, había pasado de ser su adquisición más costosa a ser el centro de su universo colapsante. El doctor Vane examinaba una pequeña ampolla de cristal que acababa de retirar de uno de los difusores de aroma de diseño que decoraban las paredes de mármol.
—No es estrés, Leonard —dijo el méd