El satélite de Beatrice Sinclair, una joya de ingeniería prohibida que orbitaba la Tierra como un ojo de dios muerto, se estaba convirtiendo en una pira funeraria de metal y oro. Las alarmas de despresurización aullaban con un sonido agónico que cortaba el vacío, y el resplandor de las explosiones internas teñía de naranja los rostros de quienes habían llegado allí para reclamar el fin de una era. Katie Moore-Sinclair, la Reina de Libertia, se encontraba en el centro de la sala de mando, rodead