El océano Pacífico nunca había lucido tan calmo como la mañana en que los restos del satélite de Beatrice Sinclair se hundieron en el abismo. El cielo, antes una red de vigilancia y opresión, estaba ahora limpio, devolviendo a la humanidad el derecho de mirar hacia arriba sin miedo. Leonard y Katie Sinclair regresaron a la Tierra no como los monarcas de un imperio tecnológico, sino como héroes anónimos emergiendo de las cenizas de una guerra que el mundo apenas comenzaba a comprender.
El aterri