El sótano de la antigua mansión Sinclair olía a ozono, a circuitos quemados y al rastro metálico del miedo. Leonard yacía en la silla de transferencia, su cuerpo era una estatua de carne y hueso, pero su mente se había convertido en un prisionero de la red que él mismo acababa de sabotear. Katie, arrodillada a sus pies, apretaba sus manos frías. Habían borrado el código de apagado biológico, pero el laberinto de datos de Beatrice no soltaba su presa. Leonard no despertaba porque su conciencia e