El silencio que siguió a la muerte de Silas Sinclair no fue de paz, sino de un vacío ensordecedor que amenazaba con devorar los cimientos de Libertia. En el Nexo, el cuerpo del patriarca yacía sobre la mesa, una cáscara vacía que finalmente había sucumbido a la verdad y al veneno. Leonard permanecía inmóvil, con la mirada perdida en sus propias manos, las manos de un hombre que acababa de descubrir que toda su identidad —desde sus piernas de silicio hasta su apellido— era una elaborada ficción