La cúpula de Libertia vibraba con una frecuencia sorda, un recordatorio constante de que la ciudad flotante ya no era un refugio invisible, sino un objetivo marcado. En el centro de la Gran Plaza, bajo el fulgor de mil drones que proyectaban luz blanca sobre el mármol de grafeno, se respiraba un aire de linchamiento. Leonard Sinclair, vestido con un traje negro que parecía una armadura de seda, presidía el tribunal improvisado. Frente a él, encadenados con grilletes de pulso electromagnético, s