El ascenso no se sintió como un viaje hacia la libertad, sino como el descenso a una fosa aséptica y presurizada. El transbordador privado del Consejo de los Doce cortaba la atmósfera con una eficiencia silenciosa, dejando atrás las luces de una Manhattan que, desde la altura, parecía un hormiguero de circuitos integrados. En el interior de la cabina de lujo, el aire reciclado sabía a metal y a desesperación. Leonard Sinclair permanecía sentado frente a Katie, observando cómo la curvatura de la