El umbral de la Estación de las Almas no era un palacio de cristal, sino un laberinto de obsidiana y luz pulsante que parecía latir con el ritmo de un corazón mecánico. Leonard Sinclair, convertido en una marioneta de carne por el Protocolo de Marioneta de Malcom, avanzaba con pasos rígidos y precisos que no le pertenecían. Sus ojos, húmedos por la rabia contenida, buscaban desesperadamente a Katie, quien caminaba a su lado bajo la escolta de la Unidad Omega. Pero el verdadero centro de graveda