El comedor principal de la mansión Sinclair, despojado finalmente de las vitrinas del museo pero aún impregnado del olor a desinfectante y secretos expuestos, estaba sumido en una penumbra artificial. La mesa de caoba pulida, lo suficientemente larga como para que los comensales parecieran extraños entre sí, resplandecía bajo la luz de un candelabro de cristal que goteaba cera como lágrimas lentas. En la cabecera, Beatrice Sinclair permanecía sentada con la espalda recta, luciendo un vestido de