El sol de la mañana se filtraba por los ventanales reforzados de la Torre Sinclair, pero la luz no traía calidez, sino una claridad analítica que exponía cada grieta del nuevo mundo de Leonard. Sobre el sofá de cuero del despacho, Katie descansaba bajo una manta de seda. Sus signos vitales eran perfectos, sus telómeros se habían estabilizado y la palidez cadavérica había desaparecido. Sin embargo, cuando abrió los ojos, Leonard sintió que un abismo se abría entre ellos. No hubo el brillo del re