Dante seguía de pie en el pasillo de aquella sencilla suite privada después de que Serafina se hubiera alejado. El silencio inundaba toda la mansión, pero los pensamientos de Dante eran mucho más ruidosos que cualquier otra cosa. Dante oyó cómo la puerta a sus espaldas se abría lentamente; Alexander salió unos segundos después. El anciano parecía más destrozado que antes.
Tenía los ojos enrojecidos y el rostro también estaba lleno de culpa. Sin embargo, Dante ni siquiera tenía fuerzas para enfa