SAMIRA
El domingo en barichara tiene un ritmo engañosamente tranquilo.
El aire huele a pan de leña y a las piedras calentadas por el sol santandereano.
Bajo mi sombrero de ala ancha y unas gafas oscuras, me movía entre los puestos de la Plaza de Mercado fingiendo interés en las artesanías de cerámica y los bultos de café orgánico. Pero mis ojos, entrenados para detectar la más mínima anomalía, escaneaban cada rostro entre la multitud de turistas que abarrotaban el pueblo.
—Sombra a Lobo —susu