ELENALa oscuridad me había enseñado algo que los libros de psiquiatría solo sugerían el ser humano no se rompe, se transforma. Salí de la habitación de castigo con los ojos entrecerrados por la luz del salón, pero con la mente más clara que nunca. Si Alaric Vossen quería una propiedad, le daría la más perfecta, la más sumisa... y la más letal.Me bañé con lentitud, borrando el rastro de sudor y desesperación, pero dejando intactas las marcas moradas de sus dedos en mi piel. Eran mi recordatorio. Me puse un traje de sastre gris humo, profesional y austero, y caminé hacia su despacho.Alaric estaba al teléfono, su silueta recortada contra el cielo de la ciudad. Al verme entrar, se quedó en silencio. Me acerqué a su escritorio y, sin que me lo pidiera, empecé a organizar las carpetas que él había dejado desordenadas la noche anterior.—¿Qué estás haciendo, Elena? —preguntó él, colgando el teléfono. Su voz era una mezcla de sospecha y curiosidad.—Mi trabajo —respondí, manteniendo
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