ELENA
El amanecer en las montañas de Canadá no trajo luz, sino una penumbra grisácea que se filtraba a través de las cortinas pesadas.
El té que Alaric me había preparado horas antes reposaba intacto y frío sobre la mesita de noche, una metáfora perfecta de lo que quedaba de nuestro matrimonio.
No había podido pegar un ojo en toda la madrugada.
Cada vez que cerraba los párpados, la voz de esa mujer, Anesha, resonaba en mi cabeza: «Tu hija, Analía, extraña a su papá».
A las siete de la mañan