ELENA
El silencio que se instaló en la habitación principal tras la brusca salida de Alaric fue denso, casi sólido.
Podía escuchar el eco lejano del viento invernal golpeando los gruesos cristales de la casa, el suave murmullo de la respiración de León en su cuna.
Me quedé estática en medio de la cama matrimonial, con las manos apoyadas en el edredón de plumas blancas, sintiendo cómo el calor de la bienvenida se disipaba por completo. Las palabras de mi abuela Myla regresaron a mi mente con