STEFAN
Nunca creí en lo sagrado.
Para un hombre que ha pasado la mayor parte de su vida adulta limpiando la sangre que otros derramaban, la idea de un Dios o de un lugar santo era un chiste de mal gusto.
Pero entonces, la vi.
Estábamos a ciento ochenta metros bajo tierra, en las entrañas de la Catedral de Sal de Zipaquirá.
El aire allí abajo es distinto; es denso, frío y tiene un sabor mineral que se te pega a la lengua. La iluminación azulada bañaba las inmensas cruces talladas en la roca s