ELENA
El amanecer en Barichara era un lienzo de colores pastel, un silencio que solo era interrumpido por el canto de los pájaros y el aroma del café recién colado que subía desde la cocina de la hacienda. Estaba terminando de arreglarme, sintiendo el peso reconfortante de mi vientre bajo un vestido de algodón ligero, cuando Alaric entró en la habitación con esa chispa de curiosidad que ahora reemplazaba su antigua frialdad estratégica.
—Elena, he estado hablando con la gente del pueblo —dijo,