KADYEL
El hedor de Magnus Vossen no era el de un hombre; era el de una máquina podrida.
Mientras el palacio se resquebrajaba, lo tenía inmovilizado contra el trono de fibra de carbono. Mis manos rodeaban su cuello, y la sensación era horripilante: bajo la piel, que se sentía como seda sintética fría, podía notar el movimiento de miles de nanocitos intentando reparar el daño que la daga de Samira había causado.
No había un pulso rítmico, sino un zumbido eléctrico, una vibración constante que me