SAMIRA
El aire de la Riviera Maya no olía a ozono, ni a metal, ni a muerte. Olía a jazmín nocturno, a salitre y a una libertad tan vasta que, por momentos, me resultaba aterradora. Habíamos pasado años siendo presas o cazadores, y ahora, el silencio de nuestra villa privada en Tulum se sentía como un grito al que no sabía cómo responder.
Estaba apoyada en la barandilla de madera noble de la terraza, observando cómo el Mar Caribe se tragaba la luna, tiñendo el agua de un color plata líquida. Lle