SAMIRA
El terciopelo rojo del vestido pesaba sobre mi piel como una armadura de sangre.
Era una prenda obscena, diseñada para capturar miradas y desarmar voluntades, con un escote que descendía hasta el límite de la decencia y una abertura en la pierna que revelaba, intermitentemente, la daga de cerámica oculta en mi liga.
Habíamos dejado atrás la humedad pegajosa de las Caimán por la brisa salina y aristocrática del Mediterráneo.
Frente a nosotros, anclado como un espectro de mármol en medio