STEFAN
El sonido del jet de Alaric perdiéndose entre las nubes de Toronto me dejó con una responsabilidad que pesaba más que cualquier base de datos encriptada.
Tenía que proteger a Rouse Mendoza.
Pero el problema no era protegerla de los Arquitectos o de los mercenarios de Sterling; el problema era protegerla de mí mismo.
En cuanto la puerta de la casa se cerró y nos quedamos solos con el susurro de la nieve contra los cristales, Rouse se desmoronó.
No fue un llanto ruidoso, fue un colapso