STEFAN
El motor del Jeep rugía como una bestia herida mientras devorábamos los kilómetros de asfalto helado hacia el aeródromo privado de Whitehorse.
El informante de Sterling seguía amordazado en la parte trasera, pero su utilidad había terminado en el momento en que me dio la frecuencia de radio del convoy.
—Stefan, mira —dijo Rouse, señalando el horizonte.
A lo lejos, las luces de una pista de aterrizaje cortaban la oscuridad del Yukón.
Un jet privado, con los motores encendidos, esperaba