ELENA
El resplandor de la Isla Centre consumiéndose en el horizonte de Toronto todavía bailaba en mis pupilas.
Sentada en la lancha, con el sabor a pólvora y adrenalina en los labios, sentí que el peso de los últimos meses empezaba a desprenderse de mis hombros.
Alaric estaba a mi lado, manejando con una mano mientras la otra apretaba la mía con una fuerza que ya no era de posesión, sino de camaradería.
—No podemos volver a Dubái, Elena —dijo él, su voz compitiendo con el rugido del motor y e