STEFAN
El amanecer en Banff no trajo la paz que Rouse tanto buscaba.
Antes de que el sol pudiera calentar el hielo del lago Moraine, el teléfono satelital que guardaba en la caja fuerte vibró con una secuencia de códigos que me heló la sangre.
Era Alaric.
Su voz, filtrada por la interferencia, sonaba metálica, pero el mensaje fue claro: "La Isla Centre ha caído, pero las ratas tienen un segundo nido.
Sal de la casa.
Ahora".
Miré a Rouse, que dormía en el sofá envuelta en la manta de lana.