Habían pasado varias semanas desde el nacimiento de Fiorela Renata, y poco a poco la calma volvía a la casa Thoberck. Las flores del jardín parecían florecer con más fuerza, como si supieran que una nueva vida había llenado el hogar de amor.
Emilia se encontraba en la terraza, mirando cómo Ezequiel jugaba con burbujas que el viento se llevaba hacia los rosales. En sus brazos, la pequeña Fiorela dormía plácidamente, con su diminuto puño aferrado al dedo de su madre.
—¿Sabes, mi amor? —susurró Em