El domingo amaneció con una luz dorada que se filtraba entre las cortinas del nuevo hogar de Lucas y Emilia. Por primera vez en mucho tiempo, la ciudad parecía en silencio.
El ruido de los autos quedaba lejos, y solo el canto de los pájaros entraba en la habitación.
Emilia se despertó con la mano de Lucas descansando sobre su vientre. El calor de su palma era constante, un recordatorio de que allí dentro crecía su hijo, el pequeño que ya se hacía notar con movimientos suaves.
—Buenos días —murm