El amanecer se filtraba en haces de luz pálida a través de las persianas del hospital, tiñendo de oro tenue las paredes. Emilia, que no había cerrado los ojos en toda la noche, se estremeció cuando escuchó un cambio en el ritmo del monitor cardiaco.
El sonido ya no era sólo un eco monótono: ahora era constante, fuerte, decidido.
Lucas movió los dedos. Emilia se incorporó de golpe, el corazón latiendo con una mezcla de miedo y alivio. —Lucas… —susurró, tomándole la mano.
Sus párpados temblaron