El olor a desinfectante flotaba espeso en el aire de la habitación. Lucas dormía, el pulso apenas un murmullo constante en el monitor.
Emilia le sostenía la mano, acariciando con suavidad los nudillos, como si ese contacto bastará para mantenerlo anclado al mundo.
La puerta se abrió con un golpe seco.
—¡Lucas! —La voz de una mujer, afilada como cristal, quebró el silencio.
La madre de Lucas, elegante incluso en la furia, avanzó seguida de su esposo.
Detrás, un hombre de porte imponente, cabe