La ciudad no dormía, pero había aprendido a fingirlo.
Las luces seguían encendidas, los autos avanzaban con normalidad y los edificios parecían firmes, aunque por dentro algunas estructuras ya estaban quebradas. Así se sentía él: en pie por fuera, derrumbado por dentro.
El enemigo —el mismo que había subestimado a Emilia, a Lucas y a toda su familia— observaba la pantalla de su computador con los ojos enrojecidos. Las gráficas descendían como una sentencia. Ventas en caída libre. Alianzas rotas