La tarde caía lenta sobre la casa Thoberck.
No era una de esas tardes agitadas por compromisos, llamadas o urgencias. Era una pausa. De esas que rara vez se notan… hasta que se necesitan.
Fiorela encontró a su madre en la cocina, preparando té. Emilia estaba de espaldas, con el cabello suelto y una calma serena en los movimientos. Esa imagen, tan cotidiana, siempre había sido para Fiorela un refugio silencioso.
—Mamá… —dijo, dudando apenas.
Emilia se giró de inmediato. Bastó ver el rostro de su