Fiorela siempre había creído que el orden era una forma de paz.
Su agenda lo confirmaba: horarios claros, prioridades bien definidas, metas medibles. Nada quedaba al azar. Ni siquiera las emociones.
O eso pensaba.
El día comenzó como cualquier otro. Café sin azúcar, lectura rápida de titulares financieros, un repaso mental de los objetivos del semestre. Caminó por el campus con la misma determinación de siempre, el paso seguro, la espalda recta, la mirada enfocada.
Hasta que lo vio.
Santiago es